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lunes, 25 de mayo de 2026

👁️ EL RUGIDO DE MARIN Y LOS MAULLIDOS DEL PODER INTERNO EN MORENA Q. ROO 👀

-:- Johana Acosta Conrado, con cara de asombro e incomodidad, que en el lenguaje político significa: “esto no estaba en el libreto -:-
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Por El Gato Maya 🐾

👉 En la política quintanarroense hay personajes que hacen ruido… y hay otros que provocan terremotos. Y por lo visto, el simple hecho de que Rafael Marín Mollinedo haya llegado a la sede de Morena en Chetumal bastó para que más de uno comenzara a sudar frío, a tragarse el café sin azúcar y a revisar nerviosamente las encuestas debajo del escritorio.

Porque cuando un fundador real del movimiento aparece y dice “aquí estoy”, no faltan los guardianes del dedazo tropical que empiezan a comportarse como si les hubieran movido el tapete… o peor aún, el presupuesto.

La escena fue digna de una función de circo político con olor a desesperación porque mientras cientos de simpatizantes acompañaban a Marín Mollinedo en su arribo a la sede morenista, algunos rostros dentro del partido parecían más propios de un velorio político que de un ejercicio democrático.

Y ahí estaba Johana Acosta Conrado, entre el asombro, la incomodidad y ese lenguaje corporal que en política significa: “esto no estaba en el libreto”.

Porque una cosa es administrar el partido como oficina de trámites internos y otra muy distinta enfrentar a un personaje con historia, cercanía al proyecto original de la Cuarta Transformación y peso político nacional; y ahí es donde el morenismo cafetería fifí empieza a crujir como hamaca vieja en temporada de huracanes.

Y es que en Quintana Roo surgió una nueva especie política: el morenista VIP de último minuto. Esos que antes miraban a Morena como si fuera una gripe tropical y hoy se sienten dueños del movimiento porque aprendieron a decir “transformación” frente a una cámara. Son los mismos que ahora se rasgan las vestiduras hablando de “unidad”, pero sólo cuando el candidato les garantiza posiciones, contratos y control del presupuesto.

El problema para ellos es que Marín no llegó pidiendo permiso, llegó ejerciendo un derecho político legítimo como fundador del movimiento y eso, en un ecosistema acostumbrado al aplausómetro y la obediencia automática, resulta casi ofensivo.

Por eso el nerviosismo, porque detrás de las sonrisas institucionales y los discursos de inclusión, hay grupos que quisieran convertir Morena en franquicia privada. Una especie de club exclusivo donde sólo participan los bendecidos por la burocracia partidista local, como si la democracia interna fuera pecado y la competencia una traición.

Pero el mensaje político de Rafael Marín fue demoledor sin necesidad de levantar la voz: “aquí estoy y voy a participar” y eso alteró los cálculos de quienes ya repartían el pastel antes de hornearlo.

En corto pero como diría este viejo Gato Maya: el problema no es que Marín aspire, el problema es que sí puede crecer políticamente y eso aterra a quienes construyeron su pequeño reino sobre la simulación, el amiguismo y el control interno del partido.

Porque en política hay algo peor que un adversario: un fundador con estructura, memoria y legitimidad… lo demás son maullidos desesperados desde las azoteas del poder.

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